Mi primera prédica… un desastre!

Publicado: 23 noviembre, 2010 en Artículos
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Aún recuerdo la primera vez que me dieron la oportunidad de predicar… ¡Aunque preferiría no hacerlo!

Tenía doce años de edad, y fue a un poco más de dos decenas de adolescentes del ministerio de jóvenes de la comunidad a la que pertenezco: Jahdai.

Bueno, aunque no recuerdo lo que dije realmente, recuerdo que lo hice mal ¡Lo hice realmente mal! …

Me encomendaron hablar acerca del Espíritu Santo, y aunque había crecido en el ambiente de la comunidad, aprendiendo muchas cosas acerca de Dios, no lo conocía realmente, ni tenía una relación íntima con Él.

La hermana que estaba a cargo del ministerio de jóvenes me entregó un manual donde había un estudio acerca del Espíritu Santo. Terminé realmente frustrado.

Hoy, después de casi diez años, he predicado en más lugares de los que pensé y a más personas de las que pudiera imaginar.

La diferencia empezó casi cuando tenía quince años de edad.

Ahora tengo la convicción de que para predicar el evangelio, la palabra de Dios, no hay que saber hablar, todo lo contrario: hay que saber oír, oír a Dios.

A esa edad de adolescente, Dios puso en mi corazón el deseo de conocerlo de forma real, profunda, surgió dentro de mí una desesperación por estar con Él, por oírlo, por sentirlo. Y después de un tiempo de búsqueda ¡Dios me habló!

Todo cambio para mi a partir de esa experiencia. No fue solo un evento, sino que estaba construyendo una relación de verdadera amistad e intimidad con Dios.

Después de esto, las primeras veces que prediqué nuevamente, no fue ni en la comunidad, ni a ningún otro grupo de creyentes, sino que fueron en lugares muy diversos: plazas, buses, taxis, colegios, la correccional de menores, etc.

A esa edad nuevamente me dieron la oportunidad de predicar en la comunidad, pero esta vez estaba seguro, muy seguro de que sería distinto, ¡Tenía algo que decir! ¡Predicaría la palabra de Dios!

Muchas veces me pedían que hablara de algún tema en particular, pero, ¡No podía hacerlo!, con humildad, terminaba hablando las palabras que Dios había hablado a mi corazón.

Desde entonces, por la gracia de Dios, no he dejado de hablar de Él, de predicar su palabra, lo he hecho con muchos amigos en los semáforos de avenidas, en parques, plazas, buses, en la cárcel, en parroquias y comunidades y ¡Hasta en una discoteca!

Estoy muy agradecido a Dios que por su gracia me concede el inmenso honor y privilegio de hablar de parte de Él.

Se que muchos jóvenes cristianos hoy en día desean la oportunidad de predicar, y sueñan quizá, con predicar a grandes congregaciones de gente o en estadios como predicadores famosos que salen en televisión.

Quiero decirles a todos los que tienen el deseo de predicar la palabra de Dios, que tenemos miles de oportunidades de predicar, en el lugar donde viven, donde trabajan, estudian, en centros comerciales, plazas y en cualquier lugar donde haya personas que aún no han creído.

Como recomendó el apóstol Pablo a Timoteo: “Proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo” (2 Timoteo 4, 2)

Lo importante es OÍR LA VOZ DE DIOS, SU VOZ,

Tú… ¿Ya la oíste…?

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