Salvar Una Vida o Destruirla

Publicado: 5 agosto, 2010 en Uncategorized
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América Latina es una de las partes más hermosas del Planeta.
La belleza de su tierra es de valor incalculable, tenemos la mayor área forestal en el mundo en nuestra selva y zonas tropicales, la Cordillera de los Andes, el mar los ríos y lagos conservan una riqueza animal y vegetal envidiable, su geografía es exquisita, cuenta con casi todos los climas del mundo, tiene una variedad de flora y fauna inagotable, los minerales abundan en su suelo y los gases en su subsuelo. Latinoamérica es hermosa. No cabe la menor duda: ¡Latinoamérica es rica!
Por otro lado la gente es amistosa, cálida y cariñosa, es muy creativa e innovadora y busca la manera de salir adelante. Además Latinoamérica es una mezcla de costumbres y culturas, un mestizaje de razas y creencias que se inició en época de la conquista española. Vale la pena mencionar que fueron los españoles los primeros en traer el evangelio a América Latina.

Pero no todo es bueno.

En contraste con su riqueza natural, muchas personas están sumidas en la pobreza y muchos aún en la extrema pobreza, como en el caso del Perú, donde casi la mitad de la población es pobre. Antonio Raymondi expresó una frase un tanto triste respecto a la realidad peruana, que se podría aplicar a toda América latina: “El Perú es un mendigo sentado en un banco de oro”.

Pero la pobreza es sólo uno de los males de nuestras naciones.

La corrupción en nuestros gobiernos parece nunca terminar y cada vez se descubren más escándalos de presidentes involucrados en narcotráfico y mafias, sobornando medios de comunicación o matando gente que es un impedimento para alcanzar sus objetivos ambiciosos. La inmoralidad está incrustada en las altas esferas del estado, donde hay congresistas o senadores que abusan sexualmente de niñas y quedan impunes, gobernantes que tienen hijos con una mujer que no es su esposa y no asumen la responsabilidad de los niños que engendraron.

Es más aún. Gran parte de los policías cobran sobornos a quienes necesitan librarse de una sanción o multa, hay también algunos maestros que piden cierta cantidad de dinero o ciertos favores para aprobar a sus alumnos sea en el colegio o universidad, siendo la triste verdad que la corrupción está hasta donde menos imaginamos y muchas veces esta inmoralidad se ha trasladado hasta el ámbito religioso.
El analfabetismo es otro gran monstruo que acecha muchos de nuestros pueblos, donde ni siquiera llega un maestro, lugares donde no hay escuelas ni los medios suficientes para obtener educación, quedando muchos relegados a la ignorancia que los mantiene en la pobreza.

Otro aspecto difícil es que, debido al mestizaje no solo racial y cultural, sino también religioso, tenemos hoy en América Latina una suerte de sincretismo religioso, apareciendo sectas por todas partes, y muchas personas ya no pueden diferenciar cual es la verdad. Incluso se ha caído en extremismos como el de pastores que matan según dicen ellos, por mandato de Dios, y otros personajes que no aducen ser pastores ni mensajeros de Dios, ¡sino que dicen ser Dios mismo!
Pero en medio de este panorama oscuro y desolador hay todavía esperanza, en medio de nuestras crisis que parecen interminables hay aún soluciones.
El Dr. Edwin Louis Cole lo dijo de esta manera: “Para los hombres que tienen sus raíces y están plantados en la palabra de Dios, los días difíciles que están por delante ofrecerán las más grandes oportunidades de todos los tiempos para mostrar su gloria. Mientras más oscura es la noche, más brillante es la luz.”
Probablemente las situaciones difíciles que atraviesan nuestros países sean las oportunidades que Dios está poniendo delante de nosotros para que Dios pueda mostrar su gloria.
Tal vez muchos se preguntan acerca de nuestros países como los discípulos preguntaron a Jesús respecto a un ciego de nacimiento: “Al salir, Jesús vio a su paso a un Hombre que había nacido ciego. Sus discípulos le preguntaron:
-Maestro, ¿Por qué nació ciego este hombre? ¿Por el pecado de sus padres o por su propio pecado?” (Juan 9, 1 – 2 Biblia Dios Habla Hoy)
¿Quién es responsable de tanta pobreza?, ¿Quién es responsable de tanta corrupción? ¿Quién es responsable de tanto abuso y miseria?, tal vez nos preguntemos ¿Quién tiene la culpa…?
Jesús da la respuesta: “… Ni por su propio pecado ni por el de sus padres; fue más bien para que en él se demuestre lo que Dios puede hacer.” (Juan 9, 3 Biblia Dios Habla Hoy)
Dios nos dice que la crisis, el abuso, el desorden en nuestras naciones, la corrupción, la pobreza, la miseria, tienen un propósito: ¡demostrar lo que Dios puede hacer! El es el único que puede tomar toda nuestra realidad negativa y convertirla en positiva para su gloria.
El que muchas cosas anden mal en Latinoamérica quiere decir que Dios quiere mostrar su poder en medio de nosotros. Jesús pronuncia sobre nosotros las palabras que dijo cuando su amigo Lázaro estuvo enfermo: “… Esta enfermedad no va terminar en muerte, sino que ha de servir para mostrar la Gloria de Dios…” (Juan 11, 4 Biblia Dios Habla Hoy)
Nuestros problemas de hoy van a servir para mostrar la gloria de Dios. ¡Dios va a mostrar su gloria en Latinoamérica! Esa es una gran noticia.
Pero justo aquí es donde comienza el desafío, aquí viene nuestra parte. Dios mostrará su gloria a través de nosotros, el dará su luz por medio de sus hijos, Jesús lo dijo: “Ustedes son la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en lo alto de un monte. Ni tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Brille así su luz delante de los hombres, para que vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre que está en los cielos” (Mateo 5, 14 – 16 Biblia de Jerusalén)
Cuando hay oscuridad es dificultoso trabajar, estudiar, buscar algo extraviado o realizar alguna otra actividad. Muchas personas buscan la felicidad, buscan el propósito por el que viven, o su destino, pero con la ausencia de luz nunca los encontrarán.

Jesús dijo: “Yo soy la luz del mundo” (Juan 8, 12) Jesús es la luz que debe brillar en nosotros. El ordena que brille nuestra luz, y él es nuestra luz. Pero a menudo nos hemos encargado de encerrar esta luz, hemos ocultado nuestra luz tras las cuatro paredes de nuestra iglesia, hemos puesto nuestra lámpara bajo la mesa de nuestros miedos, la hemos tapado con la indiferencia de nuestro conformismo, alumbramos en lugar incorrecto, y pasamos por alto la demanda de nuestro Señor: “… Brille así su luz delante de los Hombres…” (Mateo 5, 16 Biblia de Jerusalén).

El mundo no puede ver.
Y es evidente que todos andan buscando algo que satisfaga su vida, algo que les de plenitud, solo hace falta echar un vistazo a nuestro alrededor y nos daremos cuenta…
Hombres y mujeres, adultos y jóvenes, que alcoholizan sus cuerpos hasta dejarlos en estado de inconsciencia (Es una realidad que en el Perú y algunos otros países latinoamericanos muchas familias no tienen para comer, pero no pueden dejar de tomar). Mujeres que venden sus cuerpos para conseguir un poco de dinero, otras jovencitas lo entregan con la esperanza de encontrar amor, otras que luchan por ser extremadamente delgadas y nunca están conformes con quienes son. Jóvenes drogándose. Denigrándose con bailes de alto contenido sexual que va más allá de ser sensual, llegando a ser grosero, vulgar y animalesco. Miles cometiendo crímenes, ingresando a pandillas, y la lista podría continuar.
Sin duda alguna lo que ellos buscan sin saberlo es a Dios. Están buscando la luz que muchos cristianos nos hemos encargado de ocultar. Como lo expresó San Agustín: “Nos hiciste hacia ti y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti”
El asunto no es solamente que las personas vean, si no que hay algo más. Debemos hacer algo: “… para que vean sus buenas obras…” (Mateo 5, 16 Biblia de Jerusalén).
La gente que está a nuestro alrededor debe ver la luz de Jesús en nosotros a través de nuestras acciones, nuestra actitud y comportamiento.

Las personas no pueden ver lo que sentimos, no pueden ver lo que pensamos y tampoco pueden ver lo que creemos, pero hay algo que pueden ver: ¡Pueden ver lo que hacemos!
Durante mucho tiempo la iglesia ha sugerido, intencionalmente o no, que hacer buenas obras es dar limosna a un mendigo, ayudar a un invidente a cruzar la calle, o ser generoso con los pobres, y nada más.

Hacer buenas obras es mucho más que esto y hablaremos al respecto un poco más adelante, pero creo que es necesario hacer cierto énfasis en las acciones recién mencionadas.
Muchas de nuestras iglesias han olvidado realizar estas acciones, muchas sin querer han llegado a pensar que no es tan espiritual ayudar a los pobres o mendigos, y estamos buscando la presencia de Dios en nuestras reuniones esperando solo ver manifestaciones espectaculares del Espíritu Santo, y no niego que Dios está en nuestras reuniones ni que las manifestaciones sobrenaturales y milagrosas vengan de él, pero como afirmaría en la década pasada el Dr. Edwin Louis Cole: “Si buscamos a Dios solo en lo espectacular, dejaremos pasar al Espíritu Santo”.

Y hoy no es extraño ver muy cerca de nuestras iglesias ancianos que duermen en la calle, no es algo raro ver a unas cuantas calles de las Iglesias más numerosas niños durmiendo en las aceras usando como cama cartones y como cobertores costales, se nos ha hecho común ver a pocas cuadras de nuestros auditorios a prostitutas y homosexuales, niños drogándose con pegamento, etc.
Hemos dejado de ver a Jesús en nuestro hermano, hemos dejado de ver la presencia de Dios en el necesitado, en el hambriento, en el sediento, en el pobre, en nuestro prójimo que no tiene hogar.

Hemos olvidado las palabras de Jesús en el evangelio de Mateo: “…Porque tuve hambre, y ustedes no me dieron nada de comer; tuve sed, y no me dieron nada de beber; fui forastero, y no me dieron alojamiento; necesite ropa, y no me vistieron; estuve enfermo y en la cárcel, y no me atendieron.” ellos también le contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, o como forastero, o necesitado de ropa, o enfermo o en la cárcel y no te ayudamos?” el les responderá: “Les Aseguro que todo lo que no hicieron por el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron por mí.” (Mateo 25, 41 – 45 Biblia Nueva Versión Internacional).
Nosotros deberíamos ser los primeros en demostrar nuestro amor por Dios, amando a nuestros hermanos, extender nuestras manos para levantar niños de la calle, tenemos que volver a reconocer a nuestro Dios que está tan cerca y tantas veces dejamos pasar de largo.

Hacer esto es hacer buenas obras.
Hacer buenas obras es hacer bien lo que debemos hacer, sea lo que sea que hagamos, sea que estudiemos, que trabajemos, bailemos, practiquemos un deporte, hagamos una empresa, cualquier cosa que hagamos, debemos hacerlo bien.
Hacer buenas obras es escribir bien, o componer una obra musical, escribir una canción, construir una obra arquitectónica, pintar un cuadro, hacer una escultura. Todas estas son obras de arte, y los hijos de Dios debemos ser los que mejor hagamos estas cosas.
Muchas veces hemos relacionado implícitamente que cuando hacemos algo para Dios, no necesitamos hacerlo bien, solo necesitamos hacerlo con buenas intenciones y buen corazón. Esta manera de pensar a la larga nos ha vuelto mediocres, bajo la excusa aparentemente espiritual y auténticamente bíblica de que Dios mira el corazón. Jesús dijo: “… Para que vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre que está en los cielos” (Mateo 5, 16 Biblia de Jerusalén).

Mucha gente no cree en Dios y no glorifica a Dios porque ven a muchos de nosotros haciendo las cosas de forma mediocre, no solo en la iglesia, sino en la totalidad de la vida, dando el menor esfuerzo en todo lo que hacemos, y viviendo un evangelio de la comodidad, que solo busca la auto gratificación.
Ignoran totalmente que Dios siempre ha hecho todo bien, no quieren tomar atención cuando en muchas partes de la Biblia Dios nos manda hacer bien las cosas, nos ordena esforzarnos, prefieren no oír cuando Jesús dice que hay un costo por seguirlo y que además debemos presupuestar bien antes de hacerlo (Lucas 14, 25 – 33).
Nosotros deberíamos ser los mejores artistas, músicos, pintores, escritores, abogados, arquitectos, ingenieros, científicos. Nosotros tenemos que hacer bien todo lo que hacemos, entonces todos los que nos vean, podrán ver la luz de Jesús y nuestras buenas obras y darán gloria a Dios, reconocerán que de verdad somos hijos de Dios.
Es urgente la necesidad de que nosotros creamos de verdad las promesas de Dios y actuemos de acuerdo a lo que creemos. Es necesario que tomemos el riesgo de hacer lo que Dios nos pide que hagamos, que nos lancemos a caminar si es necesario sobre el agua, que salgamos de nuestra comodidad y empecemos a hacer las cosas de la mejor manera posible.
Pero a menudo no actuamos, no hacemos nada, nos parecemos a los fariseos con los que Jesús lidió un sábado por la mañana: “Entro de nuevo en la sinagoga, y había allí un hombre que tenía la mano paralizada. Estaban al acecho a ver si le curaba en sábado para poder acusarle. Dice al hombre que tenía la mano seca: ‘Levántate ahí en medio.’ Y les dice: ‘¿Es lícito en sábado hacer el bien en vez del mal, salvar una vida en vez de destruirla?’ Pero ellos callaban. Entonces mirándolos con ira, apenado por la dureza de su corazón, dice al hombre: ‘Extiende la mano.’ El la extendió y quedo restablecida su mano. En cuanto salieron los fariseos se confabularon con los herodianos contra él para ver cómo eliminarlo” (Marcos 3, 1 Biblia de Jerusalén).
Los fariseos habían llevado la ley al extremo, poniendo al hombre al servicio del sábado y no el sábado al servicio del hombre. Se habían vuelto legalistas implacables: exceder el límite de esfuerzo, de pasos, de trabajo, o ayudar a otros, era pecado.
Jesús lanza su pregunta a los defensores de “lo correcto”, pronuncia un desafío a la deformación de la norma que, hacía mucho se había instaurado y que nadie antes había osado cuestionar.
Y ellos callan.
Callan tal vez porque saben que la respuesta es obvia, o quizá por el orgullo que impide reconozcan su error. Es evidente que su corazón estaba endurecido.

Y a Jesús le encoleriza esto.
Y a nosotros debería producirnos el mismo sentimiento, ver a tantas personas hoy sufriendo alguna enfermedad como este hombre, y muchas veces no hacemos nada, probablemente porque no creemos la promesa que Jesús nos hizo antes de retornar al Padre, el dijo: “…impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien…” (Marcos 16, 18 Biblia de Jerusalén)
Seguramente lo hemos leído, lo hemos oído de hombres y mujeres de Dios, conocemos la promesa a la perfección… ¡pero no creemos que ocurrirá! ¡Dudamos de la promesa y el poder del maestro!
Debería producirnos ese enojo santo, ver como tantas personas mueren a diario en nuestras naciones, unos por causa de una pobreza que no tiene los medios ni siquiera para curar una gripe, otros por malentendidos entre nuestros gobiernos y nuestros pueblos, que ocasionan levantamientos y conflictos que traen como resultado muertes espeluznantes e inhumanas, otros tantos que matan por el demasiado odio que albergan contra alguien, muchas veces alguien a quien antes dijeron amar, y usan sus manos para herirlos. Padres contra hijos, esposos contra sus mujeres…
Y otra vez observamos impasibles, permanecemos en una inaceptable quietud, tal vez porque alguien “más espiritual” que nosotros nos dijo que no estábamos preparados para servir a Dios, y usan como pretexto el sobre entrenamiento para mantenernos en la terrible pasividad en la que ellos mismos permanecen.

No pretendo decir que no debemos prepararnos, ni mucho menos que no escuchemos a nuestros guías espirituales.
Pero si afirmo que muchos de nosotros, muchos de los que se llaman cristianos, solo cumplen con un rito o culto religioso de dos horas el fin de semana, para luego salir de nuestras reuniones “bendecidos”, pero sin deseos auténticos de bendecir o ayudar a alguien más.
Y miramos como pasan a diario delante de nuestras narices miles de hombres y mujeres con “la mano paralizada”, miles de jóvenes y niños con problemas y crisis que muchos adultos son incapaces de imaginar, muchos niños sin esperanza, generaciones sin sueños, imposibilitados de ver lo que Dios quiere mostrarles.

Y solo miramos…
Miramos con indolencia, como los fariseos congregados en la sinagoga aquel sábado, siguen sus “costumbres correctas” y al mismo tiempo arruinan la vida de tantos hombres.
Me da la sensación de que muchos estamos demasiado cómodos y adormitados.
Tal vez las palabras de Santo Tomas Moro iban dirigidas a nosotros: “La somnolencia. Con razón dice Cristo que los hijos de las tinieblas son mucho más astutos que los hijos de la luz. Y nosotros, ¿estamos despiertos mientras otros maquinan?; ¿estamos despiertos en nuestras universidades fomentando una cultura de la vida humanizadora, mientras otras universidades pueden estar produciendo tesis deshumanizantes?, ¿estamos despiertos mientras nuestras leyes atentan contra la vida y la dignidad humana?, ¿estamos despiertos mientras crean nuevos términos y manipulan conceptos y el lenguaje, legisladores, filósofos, educadores, periodistas, estudiantes, juristas, jueces, médicos, pastores, intelectuales, religiosos, hombres de gobierno, padres de familia, familias enteras, pueblo amante de lo verdadero, ¿Estamos acaso despiertos?”
Todos sabían que este hombre estaba mal, pero hay una verdad inevitable: No todos podían sanarlo.
Es cierto que muchas cosas andan mal en América Latina y en el mundo, todos pueden verlo, pero la verdad es igual a la de aquel sábado en la sinagoga donde Jesús estaba: No todos pueden hacer algo.
No todos pueden devolver la movilidad a una mano paralizada, no todos pueden ayudar a un enfermo, no todos pueden sacar a un país de sus crisis y conflictos, no todos pueden ayudar a sus semejantes a salir de la pobreza. No todos no tienen el poder de hacerlo.
Pero hay alguien que si lo tiene, y no duda en hacerlo de inmediato, no espera a que termine el día de reposo. ¡No espera más!
No espera más porque no soporta ver a este hombre sufriendo, al igual que no soporta ver gente muriendo de hambre en nuestras calles, se llena de incomodidad al ver un muchacho, casi niño, probando drogas por primera vez, para luego ser esclavo de la adicción, no soporta la maldad de comerciantes y productores inmorales que nos meten pornografía por donde quiera que vayamos, no soporta ver como niñas de trece o catorce años castigan sus cuerpos dejándolos sin alimentos o vomitándolos después de haberlos comido para verse delgadas y recibir la aceptación de madres ignorantes del daño que causan a sus hijas, o de un grupo de amigos que se burlan y rechazan a quien no cumple con los parámetros establecidos por los grandes medios de comunicación.
A Jesús le indigna y debería indignarnos a nosotros. Él no ha cambiado.
El profeta Isaías afirma: “El poder del Señor no ha disminuido como para no poder salvar…” (Isaías 59, 1 Biblia Dios Habla Hoy).
¡Él tiene el poder para hacerlo hoy!
El puede y quiere hacerlo, además debe hacerlo, pero… ¿Por qué?
Su pregunta, ¿Es lícito hacer el bien en vez del mal?, ¿Salvar una vida en vez de destruirla?, incluye la afirmación de que si no sana al hombre estaría haciendo mal, de que si no lo hace, hubiera estado destruyendo su vida.
Otra vez ¿Por qué?…
Jesús no tenía la culpa del mal de este hombre, además no sabemos cuánto tiempo este hombre venía padeciendo esta enfermedad, ¿Dónde hubiera estado el mal?
La respuesta nos la trae el apóstol Santiago en su carta. El asegura: “El que sabe hacer el bien y no lo hace, comete pecado” (Santiago 4, 17 Biblia Dios Habla Hoy)
He ahí la responsabilidad de Jesús, el podía y sabía cómo hacerlo, por lo tanto si no lo hacía hubiera cometido pecado, hubiera hecho el mal.
La gran noticia y responsabilidad es que él nos dio el poder a nosotros, el mismo lo dijo: “… en mi nombre expulsarán demonios; hablarán en nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes; y si beben algo venenoso, no les hará daño, además pondrán las manos sobre los enfermos, y estos sanarán” (Marcos 15, 17 – 18 Biblia Dios Habla Hoy)
En repetidas ocasiones en la biblia Jesús nos da la autoridad y el poder para actuar.
Jesús nos prometió el Espíritu Santo, y lo envió, para darnos el poder, la fuerza y la capacidad para ser sus testigos. El no envió al Espíritu Santo para que nos sintamos bien solamente al experimentar su tierno toque, o para producir experiencias extáticas en los creyentes nada más. No niego que el toque del dulce Espíritu es una experiencia extática y emocionante, es más, pienso que es casi inevitable que nuestro cuerpo no sienta algo cuando esta delante de Dios y creo que necesitamos esa relación real e íntima con el Espíritu Santo para beneficio nuestro y también para beneficio de otros. Pero muchos nos acostumbramos a recibir algo de Dios, de su fuego, para luego apagarlo sin usarlo para su gloria.
El apóstol Pedro en su discurso a los gentiles en casa de Cornelio, dijo: “Saben que Dios llenó de poder del Espíritu Santo a Jesús de Nazaret, y que Jesús anduvo haciendo bien y sanando a todos los que sufrían bajo el poder del diablo. Esto pudo hacerlo porque Dios estaba con él” (Hechos 10, 38 Biblia Dios Habla Hoy)
Jesús hizo el bien. Usó el poder que el Padre le había dado para hacer el bien.

La responsabilidad está ahora sobre nosotros:

¿Dejaremos pasar acaso al hombre con la mano paralizada, sólo para cumplir con nuestras normas legalistas?, ¿lo haremos? O ¿Haremos el bien en lugar del mal?, ¿salvaremos una vida, en lugar de destruirla?

¿Levantaremos nuestra voz para lanzar un desafío a la comodidad destructiva que habita en muchos cristianos?, ¿Elevaremos el estandarte del evangelio?,

¿Salvaremos una vida?,

¿Curaremos a un enfermo?

¿Saldremos de nuestras cuatro paredes y cumpliremos con el mandato de ir al mundo?

¿Enseñaremos a alguien a leer y escribir…?

¿Partiremos nuestro pan con el hambriento…?

¿Vestiremos al desnudo…?

¿Cambiaremos nuestra vida…?

¿Cambiaremos el mundo…?

¿Lo haremos…?

¿Haremos el bien…?
¿Oiremos el grito del cielo, la voz de nuestro padre que nos comanda a ponernos de pie y pasar a la acción?, ¿Escucharemos el grito desesperado de nuestro Padre que nos llama a dar un paso al frente, a creer que se puede, a creer que el va a demostrar su poder?, ¿creeremos que Dios nos va a usar para llevar su luz?
He aquí el desafío.
El desafío de pasar a la acción, de trabajar sin cansancio, de predicar el evangelio hasta caer rendidos o hasta que Él nos diga basta, de demostrar lo que Dios es capaz de hacer cuando alguien le cree sin límites, cuando alguien sin temor irrumpe en las tinieblas para hacer brillar la luz de Cristo, el reto de entregar la vida por Jesús, de dar hasta el último aliento por él.
¡Este es el desafío!

Abraham Arhuire

comentarios
  1. Alejandro Salas dice:

    Grandes palabras Inpiradas por el Espiritu Santo. Me encantaria poder conversar contigo para pasar a la accion.
    Dios te bendiga y te siga dando fuerzas para proclamar su Evangelio!

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